Abuelitos Heladeros

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Mi papá siempre me enseñó que no debemos mirar hacía arriba para desear lo que otros tienen, al contrario, debemos mirar hacía abajo para ver cómo podemos ayudar a quienes lo necesitan. El proyecto Abuelitos Heladeros ha sido una oportunidad para poner en práctica dicha enseñanza.

Una manera de agradecer

Un día antes del primer caso de Coronavirus en Guatemala, mi hermano tuvo un accidente en moto. Dicho accidente fue tan grave, que los doctores dijeron que había sido un milagro que viviera. Cuando mi hermano ya estaba fuera de peligro le dije a Dios que le quería agradecer por lo que había hecho por mi hermano y sabía que las palabras no eran suficientes.

Las semanas fueron pasando hasta llegar al 5 de abril. Ese domingo estaba en la puerta de mi casa cuando vi pasar a Don Julio, uno de los abuelitos heladeros. Vi que él iba con su carrito de helados, con ropa remendada y con mucha dificultad para caminar.

Lo llamé, pero él no me escuchó porque esta muy mal de los oídos. Comencé a hacerle señas hasta que me vio y fue hasta mi puerta. Yo no quería un helado, quería ayudarlo y conocer más de él. Verlo trabajar, tan cansado, con tantas limitaciones y a una edad ya mayor, me dejó muy triste; sabía que tenía que hacer algo para ayudarlo.

Una realidad que impacta

Decidí ir al deposito de helados en donde trabaja Don Julio y, al llegar, la realidad fue realmente impactante. Al comenzar a platicar con los heladeros me comentaron que ellos son 20, sin embargo, por las circunstancias y el transporte, solo 14 llegaban al deposito a recoger helados para venderlos.

La mayoría de los abuelitos heladeros están entre los 55 y 80 años. Muchos no saben leer y están acostumbrados a trabajar para mantener a su familia. Casi todos han trabajado toda su vida en la venta de helados.

El deposito estaba muy descuidado. Es una casa que tiene 100 años y que tanto en el techo como en el cuarto frío se necesitaba de una remodelación. A demás de estar descuidado, era muy peligroso, porque en cualquier momento se podía caer o incendiar por los cables que estaban sueltos y desgastados.

Comencé a pensar en cómo los podía ayudar y los visité constantemente. La primera vez que fui les llevé dinero que había juntado con mi familia, la segunda y la tercera vez les llevé víveres que había recolectado con varias fundaciones. Pero mis esfuerzos no eran sostenibles ni suficientes.

Muchos seguían trabajando y exponiéndose, y después de trabajar 8 horas al día solo vendían de dos a cinco helados. Debido al toque de queda, algunos de ellos también se quedaban a dormir en el deposito; entre carretas, sobre cartones o en el suelo.

El nacimiento de Abuelitos Heladeros

Un día decidí publicar en Facebook la situación de los abuelitos y recibí mucho apoyo. Yo puse la dirección del deposito para que toda la ayuda llegará allí y fuera transparente. En esos días recibimos víveres, catres, camas, ropa y mucho más.

Aunque recibimos mucho apoyo, yo no les podía decir que no salieran a trabajar, porque no teníamos el dinero suficiente para hacerlo. Opté por comprarles un galón de alcohol en gel a cada uno, mascarillas y caretas para que estuvieran más seguros mientras trabajan.

Con el paso del tiempo, la situación de la COVID-19 comenzó a empeorar en Guatemala y, para ese entonces, yo ya estaba muy involucrada en el proyecto. Pensaba en que si uno de los abuelitos se enfermaba, sus posibilidades de sobrevivir iban a ser casi nulas porque ellos no cuentan con ningún servicio de salud y, al ser mayores, su cuerpo tampoco aguantaría.

Decidí comenzar a moverme y hablé con el administrador del deposito. Ya había logrado reunir una cantidad de dinero que venía de donaciones para hacer que los abuelitos no trabajaran. Así que después de acordar unas condiciones, el administrador dijo que estaba bien que los abuelitos no trabajaran por dos meses y de esa manera yo les daría un sueldo.

Ese día les di la noticia a los abuelitos y se fueron muy felices a sus casas.  Cada uno se fue con víveres para dos meses, ropa, un catre, una cama formal y un Ecofiltro. Seis de los abuelitos se fueron con estufas y aún me faltan otras para los demás.

¿Cómo hacer el proyecto autosostenible?

Sabía que tenía que buscar una manera de generar ingresos y, ¿qué mejor que con sus propios productos? Fue así como comencé con la idea de vender los helados en línea. Al inicio fue solo con mi círculo de amigos y familia, y luego nos fuimos expandiendo.

Comenzamos a crear distintos paquetes de helados y ahora contamos con 8 mensajeros. La aceptación fue tan buena que ahora los abuelitos ya no están involucrados porque nuestros repartidores se encargan de hacer los paquetes y llevarlos, tanto ellos como los abuelitos ahora gozan de una vida digna.

Me encanta el proyecto por tres razones. La primera, porque uno ayuda a los abuelitos heladeros a que se queden en sus casas. La segunda, porque es una fuente de empleo para nuestros ocho mensajeros y, la tercera, porque me hace feliz que las personas que donen puedan llevarse algo a cambio.

Una experiencia que me cambió la vida

Con el tiempo varios voluntarios se han sumado al proyecto. Hemos podido reconstruir varias partes del techo del depósito y ahora tenemos a un arquitecto que también nos apoya. Por otro lado, estoy tranquila porque los abuelitos están bien en sus casas.

Personalmente, para mí esta experiencia de vida ha sido muy fuerte; me ha cambiado en muchos aspectos. Yo no tengo abuelitos desde los 15 años, sin embargo, con ellos encontré el amor de esos grandes seres.

Cuando estoy con ellos vivimos un ambiente de confianza, de amor y de muchas risas”.

Muchas personas me dicen que Dios me va a bendecir y yo les digo que, al contrario, esta es mi manera de agradecerle a Él por todo lo que ha hecho por mí, en especial por el milagro de mi hermano.

 

No ha sido fácil sentir la responsabilidad de los 14 abuelitos (Don Pedro, Don Alfredo, Miguel, Don Dionicio, Doña Olga, Pineda, Francisco, Herrera, Don Julio, Juan Cuin, Juan Velázquez, Marcelo, Doña María, Don Eris, Cornelio), sin embargo, mi idea es apoyarlos para que tengan una vida digna. Por eso, los invito a que intentemos apoyar a más personas y, de esa manera, nos daremos cuenta que lo material no es lo importante sino la satisfacción de hacer las cosas bien.


Maria Isabel Grajeda es la fundadora de Abuelitos Heladeros. Su visión por ayudar a abuelitos que vendían helados en las calles la llevó a crear una venta de helados en línea y así evitar que los abuelitos estuvieran expuestos a la COVID-19. Si deseas conocer más sobre este proyecto o comprar unos deliciosos helados, puedes dar CLIC AQUÍ.

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