La bala que me llevó a vivir con discapacidad

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Mi vida era bonita y a la vez monótona. Como toda persona en el mundo, un día salí de mi casa sin pensar en que un accidente podía ocurrirme; sin imaginar que ese día, una bala cambiaría mi vida dejándome con paraplejía. 

Un partido con muchas balas

Al regresar de trabajar, decidí ir a jugar una chamusca con unos amigos. Escuché a varias ambulancias y policías; sin embargo como vivía en una zona roja, estaba acostumbrado a todo eso.

Mientras jugábamos, escuché que dijeron que nos tiráramos al suelo, unas personas se habían robado un carro y estaban disparándole a la policía. Decidí correr, pero una bala me hizo caer. 

Al llegar los bomberos, me preguntaron si estaba bien. Les dije que me dolía mucho la rodilla, pero no tenía sangre por ningún lado y tampoco sentía la bala en algún lugar de mi cuerpo.

Me subieron a la camilla de la ambulancia y allí comenzó un largo camino. Yo sentía que no podía respirar y me ahogaba. Me dieron un vaso de agua porque yo no les podía explicar bien lo que me estaba pasando y creyeron que seguía en shock por el susto.

 A veces las personas no miden la importancia de darle paso a las ambulancias. No se ponen a pensar que los segundos para las personas que van adentro son realmente valiosos.”

Como pude, me senté y fue allí en donde vomité sangre varias veces. El bombero me quitó la camisa y  allí se dio cuenta de que la bala había entrado en mi columna y había perforado mi pulmón izquierdo, el intestino grueso y había provocado una hemorragia interna. 

Entré a sala de operaciones y después no recuerdo nada. Me desperté y vi que nadie se movía, pensé que había muerto. Grité y una enfermera llegó a tranquilizarme.

Después de que la anestesia pasó, tenía mucho dolor de rodilla. Aunque siempre me había considerado un hombre muy optimista y luchador, ese dolor hizo que yo sintiera que ya no podía. 

No volvería a caminar

A los dos días de estar en el hospital, me pregunté porque seguía en el intensivo. Me durmieron dos días debido al dolor tan fuerte de la rodilla. Pero como estaba en un hospital público después de esos días, aunque llorara, me dijeron que ya no me darían más medicina porque era muy cara. 

Pensaba tanto en el dolor de mi rodilla, que nunca me percaté que no podía mover mis piernas. Me enteré que no podía caminar por mi compañero que tuve en el hospital. Él fue el que me dijo que había escuchado que no iba a poder volver a caminar. Decidí no creerle, pero admito que tuve mucho miedo. Mis papás llegaron a verme y yo me hice el dormido cuando entró el doctor a darles la noticia. Fue un momento muy difícil, escuché como todos comenzaron a llorar y tuve que aguantarme. Cuando se fueron llegó mi momento de llorar solo.

Luego de 20 días, salí del hospital con úlceras en los glúteos y en los pies porque no me movían.  Mi familia decidió buscar otras opiniones, pero después de 6 meses, me dijeron que no iba a poder volver a caminar. 

Cuando tienes discapacidad, no eres solo tú el que sale afectado, uno se convierte en una carga para su familia. Después de ser independiente, se necesita ayuda para básicamente todas las actividades. No solo cambió mi vida, cambió para mi mamá, para mi papá y mis hermanos.

El transcurso de rehacer mi vida

Pasaron meses en los que no dormía porque no dejaba de pensar en qué iba a ser de mí. Muchas veces las personas me llegaban a ver, pero si algo aprendí es que mientras pasan los meses, las personas ya no se recuerdan de ti.

Había caído en una depresión. No encontraba razón para vivir, hasta que un día le dije a mi hermano que me parara. Lo hizo y me caí. Él se asustó y se puso a llorar. Pero yo lo calmé y le dije que me ayudara otra vez. Pude mantenerme parado con la ayuda de mi hermano y fue allí donde valoré todo el esfuerzo que estaba haciendo mi familia a diario por mí.

Otros familiares me habían recomendado ir a Fundabiem, así que decidí animarme y conocer el lugar. Lo que vi me sorprendió, habían peores casos que el mío. Me di cuenta de que la vida aún tenía sentido, porque yo tenía brazos, podía ver, escuchar y hacer muchas cosas que, lamentablemente, otros compañeros no. Toda mi perspectiva sobre mi vida comenzó a mejorar.

Después de un tiempo, mi prima me sugirió jugara basquetbol. El día que llegué a la cancha, puedo decir que renací, comencé a llorar porque vi otro mundo. Vi a muchas personas sin una pierna o un brazo jugando, divirtiéndose y siendo felices. Sin duda, eso me incentivó a seguir adelante.

En Guatemala somos 16 millones de habitantes, pero muchos no sabemos que 2.5 millones de personas tenemos alguna discapacidad”.

Comencé también a hacer teatro danza y con el tiempo me convertí en el primer bailarín de la fundación de Artes muy especiales. Debido a mi perseverancia y positivismo continué jugando basquetbol y me convertí en el capitán del equipo.

No quería quedarme sin intentar algo, así que también empecé a hacer atletismo adaptado. Después de ser el último lugar en las maratones y tras muchos entrenos, llegué a ser el primer lugar en estas competencias. 

Sabía que no podía quedarme solo allí y recordé que siempre me gustó bailar, así que opté por dar clases de baile en una academia, así fue como llegué a bailar zumba y me enamoré del baile latino. Por eso ahora doy clases de este tipo de baile en el parque Erick Barrondo, comencé con 5 alumnos y ahora asisten más de 70 personas a diario. Mi vida cambió por completo. Soy parte de la Federación de Paraciclismo, hago natación como un pasatiempo y tengo una beca en el gimnasio en donde entreno.

El legado a mis alumnos

Uno de mis objetivos es que la gente pueda ver que si Víctor Álvarez pudo afrontar la discapacidad -a pesar de la mala infraestructura en Guatemala, de que no hay educación, de que no hay transporte y de muchos problemas más- todos y todas pueden salir adelante.

Todo lo que he vivido ha hecho que me preocupe por la situación del país. Por eso a mis alumnos  les llevo nutricionistas y maestros para que puedan transformar sus vidas. Les hablo a mis alumnos para que puedan valorar su cuerpo, está completo ¿se imaginan qué podrían hacer?

Mi lema es que si hay una buena actitud, se puede cambiar tu manera de vivir”.

Llevó diez años en silla de ruedas. Ahora vivo muy bien, con el dolor en la rodilla que aprendí a aceptar porque quejarme no sirve de nada. He comprendido que la mente es muy poderosa y desde el momento en el que decimos que no podemos, ya nos dimos por vencidos. Si no lo intentamos, nunca sabremos qué podría pasar. 


Tras 10 años de su accidente, Víctor Álvarez  se convirtió en un deportista y motivador guatemalteco. En sus conferencias habla sobre la importancia de no darse por vencidos y promueve temas de accesibilidad e inclusión. Da clases de baile latino en el parque Erick Barrondo y puedes seguirlo en sus redes sociales dando clic aquí. 

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