Libertad y felicidad absoluta

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Marygaby en el Templo Phra Taht mae Yen en Pai, Tailandia.

“Tenía treinta años recién cumplidos, una maestría y un trabajo formal de escritorio; la primera parte del checklist de lo que socialmente “se supone” debía alcanzar estaba completo. Me correspondía llevar a cabo la siguiente tanda de la lista: casa, carro, marido, hijos, en esencia, echar raíces. Nada de eso me parecía atractivo. No estaba contenta con mi vida en aquel momento, así que me pregunté: ¿qué es lo que realmente me haría feliz? La respuesta fue viajar.

Compré un pasaje abierto, saqué un visado para India, dejé el trabajo, a la familia y me llevé solo una mochila de 60 litros y mis ahorros. Quería tenerlo todo bajo control, quería establecer una ruta, asegurarme de tener reservaciones en los hostales donde dormiría, y saber cómo me trasladaría; ese maldito control que la vida tiene sobre nosotros pretendía acompañarme.

Una mañana en el sexto mes de viaje en Tailandia me desperté pensando: “¿qué hago hoy?”. Agarré un mapa y sin pensarlo más de 5 minutos empaqué y me subí en un microbús en dirección al norte. En el camino una chica de Singapur me preguntó: -“¿por cuánto tiempo irás a Pai?” -“No sé”, respondí. -“¿dónde te hospedarás?”, agregó. –“Tampoco sé, al llegar veré dónde”, afirmé. Entonces dijo (parafraseándola): “Admiro lo relajada que eres, quisiera algún día ser así”. En ese momento exacto, lo supe: viajar me cambió, dejé de ser esclava del control de la vida, experimenté la libertad y la felicidad absolutas”.

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