Logré perdonar al “asesino” de mi padre

Tiempo de lectura: 4 minutos

Eran, según recuerdo, las 11 de la noche mientras esperaba a que mi padre llegara a casa. Escuché su bocina varias veces, seguida de muchos cuetes. Luego, mi madre salió corriendo, y recuerdo no haberla visto durante los días siguientes. Se fue a traerlo y ya nunca regresó.

Se suponía que mi casa era el lugar más seguro que tenía

Vinieron días muy raros. Tuvimos que irnos a vivir a la casa de mi abuelito materno y empezamos a ir en bus al colegio, cuando era mi padre quien nos llevaba desde muy temprano. Todo era muy confuso, pero con los años lo fui entendiendo todo.

No volví a ver a mi padre después del supuesto intento de robo del vehículo. Pasó sus últimos días en un hospital de la zona 11 capitalina en el que, por mi edad y por su estado, me prohibían entrar a verlo.

Entendí que los cuetes que escuché aquella noche eran balazos y que la bocina era un llamado de auxilio para que le abrieran el portón. Yo considero que, por lo frío del ataque, no fue un robo, sino un homicidio producto de las envidias provocadas por el negocio familiar, que estaba en crecimiento.

Ya que el negocio familiar estaba a la par de la casa, creemos que él, durante el ataque, estaba preocupado por que los malhechores llegaran a nosotros. Mi hermano mayor, al escuchar la bocina, abrió la ventanita del portón y vio el humo de las pistolas recién disparadas. De esto no se habló nunca más en mi casa porque nos producía mucho dolor. Tras su muerte, todo cambió.

Vivir a diario en un país con violencia

Al pasar los años, la violencia en el país era insoportable. A mi madre y a mi hermano mayor les pusieron una pistola en la cabeza; y a mi hermano mediano le hicieron un secuestro exprés. Demasiada cercanía a la violencia en la mala ruleta rusa de la vida.

En 2009  participaba en una organización llamada Un Joven Más. Fuimos convocados a una reunión con más organizaciones juveniles, y allí nació el movimiento Jóvenes contra la Violencia. Este tuvo el apoyo de más de 90 organizaciones juveniles durante sus inicios, con las cuales logramos mantener una agenda conjunta por seis meses.

Ello dio como resultado el documento Recomendaciones de política pública para la prevención de la violencia juvenil, con el apoyo de la Coalición por una Vida Digna. Fue un proceso verdaderamente fascinante, pero duró muy poco por la falta de apoyo a la asociatividad juvenil que hay en la región.

Aceptar al asesino en mi vida

Fue así como conocí a Agus. Él habrá tenido 25 años por aquellos días y había pertenecido a una pandilla. Me contó cómo fue su niñez, cómo le afectó la separación de sus padres y cómo el odio empezó a crecer en su corazón desde que era muy pequeño.

A los nueve años ya portaba un arma de nueve milímetros y sabía desarmarla y armarla.  Se metió a una pandilla a los ocho años y todo empezó muy lento: de estar solo en las calles pasó a «haceme el paro; comprá esto en la tienda».  Al sentir que le confiaban dinero y que lo tomaban en cuenta fue suficiente para que él sintiera más cariño en la calle que en su hogar.

Aunque Agus tiene la fachada de un osito de peluche que uno solo quiere abrazar y admirar por haber cambiado su vida, para mí en 2009 fue como toparme con los malhechores que habían matado a mi padre. Seguramente podrían haber estado motivados por alguien más a realizar el robo del vehículo, pero yo sentía que mi padre figuraba en la lista de los asesinatos que él había perpetrado.

Llegó la hora de perdonar

En este momento podrán decir que las personas no cambian, que las vidas se pagan con vidas, pero yo les digo que no. ¿Qué cambia con matar a una persona porque mató a otra? ¿Acaso la persona fallecida cobrará vida? ¿Por qué no nos ponemos en los zapatos de quienes primero fueron víctimas a tan corta edad y terminan en esas situaciones?

Hay sus excepciones, pero Agus es diferente: lo digo con toda sinceridad. Lo vi a los ojos, vi su cambio, veo su labor social, me inspira, y solo así encontré la paz que necesitaba. Tenemos ya 10 años de ser amigos. Encontré en su historia lo que en mí hacía falta: esperanza.

En algún momento, había pensado que huir del país sería la única salida para encontrar mi paz, pero ya no tenía que hacerlo. Podía quedarme a trabajar con jóvenes como él. Porque, si yo hubiese estado cerca de tantos factores de riesgo, probablemente yo no habría sido diferente a él. Y es que las condiciones en las que nacemos nos condicionan la vida.

Si hoy me pusieran frente al verdadero asesino de mi padre, jamás pediría su muerte. Pediría justicia, pero jamás tomaría la decisión con odio. Las familias guatemaltecas callamos muchas cosas, pero también necesitamos aprender a perdonar con amor, incluso a quienes no nos lo están pidiendo. Sino lo hacemos este país seguirá llenándose de sangre.


Al ser testigo de la violencia que se sufre en Guatemala, Linda Amézquita se convirtió en una activista social que busca construir un país pacifico en donde las personas puedan desarrollarse sin discriminación alguna. Si quieres conocer sobre sus proyectos puedes seguirla en Facebook o Instagram


Esta historia se basó en dos columnas de opinión escritas por Linda en el medio Plaza Pública.

Una respuesta a “Logré perdonar al “asesino” de mi padre”

  1. Que dificil la decision de perdonar, pero recordemos que la mayor muestra de amor y perdón fue la de Dios, que mando a su propio hijo para el perdón de nuestros pecados y hacer el nuevo pacto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *